21 de Julio.

 En el Séptimo Paso se me vuelve a señalar la importancia del Cuarto, Quinto y Sexto Paso en unas cuántas líneas que dicen: “Cuando hemos mirado de frente a algunos de estos defectos, cuando los hemos discutido con otra persona, y cuando hemos estado dispuestos a que Dios nos librara de ellos, nuestra manera de pensar sobre la humildad empieza a tener un significado más amplio.” Efectivamente, entiendo que mi concepto de humildad sufre un cambio drástico porque deja de ser un concepto que confundía, a  la ligera, con mi postura de servilismo, con mi falta de autoestima, con mi necesidad de autoconmiseración, con mi requerimiento de reconocimiento y aceptación por los demás; y aún en la recuperación a entender que la humildad no sólo puede aplicar para reconocer mi enfermedad de la adicción, mi impotencia sino muy especialmente para admitir mi ingobernabilidad, para lo cual es indispensable que detecte, admita y corrija mis errores, haya realizado un minucioso inventario moral de mí mismo, confiese ante mí, ante Dios y ante otro ser humano la naturaleza exacta de mis defectos e inmediatamente después de reflexionar en estas desviaciones de mi personalidad tenga una entera disposición para que Dios elimine los defectos de carácter que he podido detectar, admitir y conocer sus alcances negativos en mi vida.

 

Al efecto el Libro Grande describe muy claramente lo que sucede una vez que se ha dado el Quinto Paso: “Al regresar a casa buscamos un lugar tranquilo donde podamos estar en paz una hora, al menos, y repasamos cuidadosamente lo que hicimos. “Agradecemos a Dios con todo el corazón, porque Lo conocemos mejor. Tomamos este libro y lo abrimos en la página donde se encuentran los Doce Pasos del programa. Leemos atentamente los primeros cinco, preguntándonos si habremos olvidado algo, porque estamos a punto de construir un arco a través del cual vamos a pasar para encontrarnos afuera totalmente libres. ¿Nuestra labor, hasta este punto, ha sido buena? ¿Las piedras de nuestra construcción están bien colocadas? ¿Intentamos fabricar cemento sin arena?

Si estamos satisfechos con las respuestas, leemos lo que dice el Sexto Paso. Habíamos subrayado el hecho de que la buena voluntad es indispensable. ¿Estamos ahora listos para dejar que Dios nos quite todas las cosas que habíamos reconocido como malas en nosotros? ¿Podrá Él ahora tomar todas y cada una de ellas? Si estamos todavía aferrados a alguna cosa que no queramos abandonar, le pediremos a Dios ayudarnos a dejarla.” Al leer estas líneas del Libro Azul debo reconocer la simplicidad que las mismas ejemplifican para ponerme en acción y confrontar la complejidad y dificultad que mi ego, con mis resentimientos y temores, implica para poder afrontar sin mayores problemas estos Pasos y sobre todo vivirlos con amplitud para mi progreso espiritual.

 

Es evidente que si estoy pudiendo practicar y vivir los seis primeros Pasos mi concepción de la humildad, mi idea de mi mismo, así como la prioridad de Dios son totalmente nuevas y significan un cambio profundo de mi personalidad, que requiere de un despertar espiritual el cual me va regalando un nuevo estado de conciencia.

 

Es así que el Paso Siete me dice: “Lo más probable es que para entonces ya hayamos logrado librarnos en cierto grado, de los más devastadores de nuestros obstáculos. Ya gozamos de momentos en los que hay algo que se parece a la tranquilidad del ánimo. Esta recién descubierta tranquilidad es un regalo inapreciable para nosotros los que hasta entonces, solamente habíamos sabido de agitación, depresión y ansiedad.”

 

En mi experiencia, esa tranquilidad viene de comenzar a darle prioridad a mi ser interior, a mi despertar espiritual, partiendo de la sinceridad de reconocer mis cualidades, mis defectos, mis capacidades, mis límites, mis potencialidades, mis habilidades, mi impotencia y mi ingobernabilidad, sobre el cimiento de dejar a cargo de Dios mi enfermedad de la adicción y darle permiso a mi Poder Superior de actuar para que elimine mis defectos de carácter, así como poniendo a Su cuidado mi vida; y de esta manera ir unificando mi fuerza de voluntad y mi libre albedrío a la voluntad de Dios.

 

Cuando entiendo, vivo y por tanto estoy listo, con la humildad que implica esta séptima sugerencia, puedo orar y decir estas palabras: “Mi Creador, ahora deseo que seas el Dueño de todo mi ser, bueno y malo. Te pido que me quites todo lo que impida serte útil y ser útil a mis hermanos. Concédeme la fuerza de hacer Tu voluntad a partir de ahora. Amén.” Hemos acabado de hacer el Séptimo Paso.” [Libro Grande, Sexto Capítulo, En Acción.]

 Felices 24 horas con el don inapreciable de mi paz.

 Fader.

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

21 DE JULIO

UN DON INAPRECIABLE

 Para esta etapa, según toda probabilidad, hemos alcanzado hasta cierto punto la liberación de nuestras desventajas más arrolladoras. Disfrutamos de momentos en los cuales hay algo parecido a la verdadera tranquilidad de espíritu. Para aquellos de nosotros que hasta ahora sólo hemos conocido la excitación, depresión o ansiedad [en otras palabras, todos nosotros], esta paz recién encontrada resulta un don inapreciable

 DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 79 

 Estoy aprendiendo a «desprenderme» y «dejarlo en manos de Dios», a tener una mente abierta y un corazón dispuesto a recibir la gracia de Dios en todos mis asuntos; de esta manera puedo experimentar la paz y libertad que vienen como resultado de la entrega. Se ha demostrado que un acto de entrega, que se origina en la desesperación y en la derrota, puede convertirse en un continuo acto de fe, y que la fe significa libertad y victoria.

 

Del libro Reflexiones Diarias
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