La Undécima Tradición de A.A. me explica muy claramente la diferencia entre atracción y promoción, y me da las conclusiones que resultan de la experiencia de quienes me han antecedido, originaron y configuraron a la Comunidad de la recuperación. Así, puedo leer: “Veamos cómo estas dos ideas contrastantes – atracción y promoción – funcionan. Un partido político quiere ganar una elección, así que, para atraer votos, hace propaganda de las virtudes de sus candidatos. Una noble institución benéfica quiere recoger fondos; en seguida, aparecen en su membrete los nombres de toda la gente distinguida que le ha dado su apoyo. Una gran parte de la vida política, económica y religiosa del mundo depende de la publicidad que se hace a sus líderes. Los individuos que simbolizan causas e ideas satisfacen una profunda necesidad humana. Nosotros los A.A. no lo dudamos. No obstante, tenemos que enfrentarnos, seria y sensatamente, con la realidad de que el estar a la vista del público es peligroso, especialmente para nosotros. Por temperamento, casi todos nosotros habíamos sido promotores tenaces, y la perspectiva de una sociedad compuesta casi exclusivamente por promotores era algo horripilante. Teniendo en cuenta este factor explosivo, nos dimos cuenta de que tendríamos que ejercer control sobre estos impulsos.”

 

Promocionar o dar publicidad al producto de mi recuperación, a mis avances en el Programa, a mis logros en cada uno de los Pasos, y pretender darle esta difusión a la Fraternidad, según yo, para que sea conocida públicamente, y por mi cambio de vida hacerme famoso es algo que está peleado con la espiritualidad porque en esencia promover tiene un especial interés comercial o material, incluso lleva implícita la idea de que me “ayude” del Programa de recuperación para “subir de categoría” en mi grupo, en mi familia, en mi trabajo y en lo social, lo que también desvirtúa la esencia espiritual de la transmisión del mensaje y del trabajo de Paso Doce.

 

Atraer  de tal manera que acerque a otras personas, que se queden y se mantengan en la Comunidad de la recuperación debido a las cualidades y propiedades espirituales que puedan ser evidentes para otros por un cambio auténtico y profundo de mi personalidad, que irradie estabilidad emocional y en lo genérico de mi vida, es lo que de manera efectiva puede hacer que alguien acuda a una clínica y/o un grupo para formar parte de la Fraternidad y estar dispuesto a dejar de consumir y practicar un modo distinto de vida bajo los principios de la honestidad, tolerancia, humildad y amor a un Poder Superior y a los semejantes, con la finalidad de rescatarse a sí mismo, tal y como yo lo he intentado por periodos de veinticuatro horas.

 

Comprendo que no existe una categorización moral que me indique como algo malo que alguien sea un líder, un guía o que sea el símbolo de determinada causa o la personificación de determinadas ideas, e incluso que sean el ejemplo de una vida correcta y de una espiritualidad práctica, porque en este plano material yo requiero de señales concretas y de personajes a quien imitar. Sin embargo, sé que mi personalidad tendiente a la grandiosidad, a lo ampuloso y por tanto a dar rienda a la desproporcionada conceptualización de mí mismo no es sano ni coadyuva a mi equilibrio emocional y mental, el hecho de querer ser un personaje que reciba aclamaciones o simplemente que tenga un perfil público, pues en ese momento “yo adquiero importancia” y soy causante de que no se vea la trascendencia de la agrupación, de la espiritualidad del Programa de recuperación y ante todo de mi Poder Superior.

 

Me viene a la mente reflexionar cuántas veces he hablado y comentado con otros de lo importante o santo del Papa sin hablar de la doctrina cristiana y de lo valioso de la misma; o haber conversado  del Dalai Lama sin darle su lugar al budismo; o simplemente fijar la atención en la individualidad, haciendo de lado o más aún, ignorando la organización a la que alguien pertenece. También sé que, es más fácil y más envolvente el carisma y las dotes de alguien que darle el valor y trascendencia a la doctrina o principios en que se funda su actuar, o simplemente caer en el embeleso de las palabras y retórica de una persona que fijarse en que su dicho sea congruente con su forma de conducirse en la vida.

 

En contraposición a estas experiencias, en los asuntos de índole puramente humano, ha sido que mi vivencia en la Comunidad espiritual de los Doce Pasos me ha mostrado que lo que realmente es importante y trascendente son los principios que me regala como instructivo de vida y no tanto las diferentes personalidades de mis compañeros, sea porque son muy santos o muy equilibrados o muy agresivos o muy rupestres o porque tengan más o menos recuperación, en fin sin importar cómo lleve cada quien el Programa, cómo practique y viva cada Paso.

 

Aprender a ser uno más es algo que me ha ayudado a mi recuperación porque me permite hacer a un lado mi egocentrismo; a desprenderme de mi tendencia a hablar siempre de mí y de mis cosas; a dejar de solamente ponderar lo que es “importante” para mí; a no querer únicamente adorar mi propia razón, mi propia cultura, mi propia forma de ser; y a no desear exclusivamente que todo sea para mí. Es algo que abona en mi camino a la generosidad y fundamentalmente al ejercicio constante de tener actos de humildad.

 

Felices 24 horas de honestidad, verdad y humildad.