Porque sin cierto grado de humildad, ningún alcohólico podrá conservarse sobrio. Casi todos los A.As. se han dado cuenta de que a menos que se desarrolle esta preciada cualidad, mas de lo que es indispensable para la sobriedad, todavía no tendrán la oportunidad de llegar a ser verdaderamente felices. Sin la humildad su vida no tiene un fin útil, o en la adversidad no podrán invocar la fe que es necesaria para afrontar ciertas emergencias—.” El segundo párrafo del Séptimo Paso es contundente en su sugerencia surgida del  conocimiento empírico, me invita a reconocer, aceptar y admitir que soy impotente ante el alcohol y/o la dependencia química y/o mi conducta dependiente, por lo que a partir de este hecho humilde de consentir y confesar mi condición, así como mi rebeldía, mi indisciplina, mi desorden y mi terquedad, puedo comenzar a tener la esperanza de dejar de consumir y de ponerle un alto mi manera de vivir absurda.

Al entender que mi primer acto de humildad, cada veinticuatro horas, es aceptar mi impotencia y mi ingobernabilidad, así como por consecuencia no beber ni consumir, entonces he ido aprendiendo que cada acto humilde y la práctica de la humildad es algo que puedo accionar un día a la vez, puesto que al no ser perfecto e ir solamente en pos de la perfección espiritual es muy probable que en un día, en un momento dado y a veces en varias circunstancias no aplique la humildad o no ejerza la suficiente humildad requerida.

Este Programa de sólo por hoy, me ayuda a no sentirme indebida y exageradamente presionado por no ser ¡humilde, humilde, humilde! todo el tiempo, así como por no ser “honesto, honesto, honesto” (como dice mi padrino), en fin por no llegar a “ser hombre”, pues he salido del jardín de niños emocional y apenas voy a comenzar con los párvulos espirituales con bases firmes. 

Reducir mi ego y por tanto accionar en sentido contrario a mi soberbia, a “mi prestigio”, a “mi importancia”, a “mi status cultural”, a “mi nivel social”, en fin a la vanidad acostumbrada y sobre la cual gira el mundo material, es algo que tengo que poner en acción para vivir todos los Pasos y muy especialmente el Sexto y Séptimo, pues de mi modestia, paciencia, moderación, sencillez, docilidad, discreción, disposición, sumisión y obediencia depende la calidad de mi sobriedad y por tanto de mi recuperación.

Humildad, algo que de ninguna manera tenía en la actividad, excepto por aquel dicho popular: “¡no hay crudo que no sea humilde!”. Humildad es, una exacta y cabal evaluación y apreciación de quien soy ante mi Dios, como yo lo concibo. Mi enfermedad de la adicción me lleva a la grandiosidad y por tanto a tener una idea elevada de mi mismo, de mis capacidades, de mi conocimiento y me vuelvo soberbio. De esta manera me situó en un giro ciento ochenta grados opuesto a la humildad y soy orgulloso, me comporto con arrogancia, tengo mirada altiva, una lengua mentirosa, quiero que las cosas sean como yo quiero, como yo exijo, y no le doy entrada a mi Poder Superior y mucho menos estoy dispuesto a ser humilde ante mi Dios.

Cuando pienso en mi actitud y mi pensamiento en la actividad guiado por mi ego excesivo y por ende en mi soberbia, me identifico con “Luzbel” porque su falta, su gran ofensa y contraposición con Dios fue la soberbia, pues quiso ser como Dios, quería -como yo en la actividad y aún en ciertos momentos de mi vida- ser independiente, autosuficiente, tener el control, en fin tener el poder; se le olvidó que dependía de Dios, como todas las cosas en el universo, pues curiosamente el único que no depende de nadie es Dios. ¡Cuántas veces dije y defendí que “yo no dependía de nadie”! He ahí que yo no comí del fruto prohibido pero bien que bebí y seguí bebiendo y consumiendo lo prohibido, a pesar de saber que no tenía el poder, que no estaba en mi control, que soy impotente y bebía para “ser como dios”, entonces hice a un lado a mi Poder Superior. 

Mi soberbia no me permitía acercarme a la verdad, a la sinceridad y por consecuencia a la humidad para creer y tener fe en Dios, y este ego desbordado guiado por mi falta de humildad me llevó a insistir en volver a hacer las mismas cosas ilusamente esperando tener diferentes resultados. Fue mi soberbia la que me condujo a pensar que tenía auto-control, que era independiente, que era autosuficiente, y este mismo orgullo me llevó a ocultar mis errores, mis fallas, mis debilidades, mis defectos de carácter y a no admitirlos ni ante mí, ni ante Dios ni ante otro ser humano,; mi falta de humildad me llevó a no reconocer mi impotencia ante mis defectos de carácter y a no rendirme ante esta ingobernabilidad de mi vida.

En el Libro Grande, en los Doce Pasos y en toda la literatura de la recuperación se hace énfasis constante en que debo descubrir y encontrar a Dios para hacer Su Voluntad, y la mayoría de las veces quiero que Dios bendiga mis propios propósitos, proyectos, planes, y entonces en lugar de decir “¡Hágase Tu Voluntad!, ¡Dios, yo quiero hacer y cumplir tu plan e intención para mí!”, normalmente digo “Dios, voy a hacer este proyecto, este plan, este acto, bendícelo.”, lo cual va en contra de todo lo que me enseñan los principios espirituales y entonces tengo que recordar: Cuando empezamos a amoldar nuestra voluntad a la de Dios, es cuando empezamos a usarla debidamente… Nuestro mal ha sido el mal uso de la fuerza de voluntad. Con ella tratamos de demoler todos nuestros problemas, en vez de tratar de que estuvieran de acuerdo, con las intenciones de Dios para con nosotros. Conseguir que vaya aumentando nuestra capacidad para lograrlo, es el propósito de los Doce Pasos…” [Tercer Paso] La tentación inmediata será la de pedir soluciones específicas a problemas específicos, así como la capacidad para ayudar a otra gente de acuerdo con nuestro concepto de cómo se debe hacer. En este caso, estamos pidiendo a Dios que obre a nuestra manera. Por lo tanto, debemos considerar cada petición cuidadosamente para poder apreciarla según sus verdaderos méritos. Aun así, al hacer cualquier petición específica, nos convendrá añadir las palabras “. . . si esa es Tu voluntad”. Simplemente pedimos a Dios que, a lo largo del día, nos ayude a conocer, lo mejor que podamos, su voluntad para aquel día y que nos conceda la gracia suficiente para cumplirla. [Undécimo Paso].

La humildad es la verdad, luego entonces, es hacer la Voluntad de Dios porque Él es la verdad. 

Felices 24 horas con una dosis de humildad.

Fader

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

12 DE JULIO

RENUNCIAR AL CENTRO DEL ESCENARIO

Porque sin cierta dosis de humildad, ningún alcohólico puede permanecer sobrio . . . sin ella, la vida no tiene un fin muy útil, o, en la adversidad, no pueden reunir la fe que se necesita para afrontar cualquier emergencia. 

DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 75 

¿Por qué pongo tanta resistencia a la palabra “humildad”? Yo no soy humilde ante otra gente, sino ante Dios, como yo lo concibo. Humildad significa “demostrar un respeto sumiso”, y al ser humilde me doy cuenta de que yo no soy el centro del universo. Cuando bebía, el orgullo y el egocentrismo me consumían. Creía que el mundo entero giraba a mi alrededor, que yo era el capitán de mi destino. La humildad me hace posible depender más de Dios para que me ayude a vencer mis obstáculos y mis propias imperfecciones para poder desarrollarme espiritualmente. Tengo que resolver problemas más difíciles para aumentar mi pericia y cuando encuentre los obstáculos de la vida pueda aprender a vencerlos con la ayuda de Dios. La comunión diaria con Dios demuestra mi humildad y me hace darme cuenta de que un ser más poderoso que yo está dispuesto a ayudarme si dejo de tratar de hacer, yo, el papel de Dios. 

Del libro Reflexiones Diarias
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