Al conocer el Programa de recuperación en clínica y tener que participar obligatoriamente en las reuniones de AA y NA, no entendía exactamente el enunciado de la Tercera Tradición respecto al hecho de que para ser miembro el único requisito es querer dejar la bebida o querer dejar de consumir. 

 

Si bien es cierto, que el hecho de mi deseo de dejar de beber se mostraba al aceptar mi internamiento, eso al principio no iba relacionado con mi interés en participar en AA, pues además lo que yo experimenté en esas juntas no se parecía a lo que fui notando y apreciando en mis inicios en un grupo AA no institucional y que se auto denominaba “tradicional”.

 

Pensaba que una cosa era buscar mi recuperación y otra muy distinta formar parte de AA, al grado de que buscaba entrar a escondidas, rápido, pensando en que nadie me viera, y salir sin entablar plática con nadie; realmente creía que “se afectaba mi prestigio”. ¿Cuál prestigio?, el de ser un borracho conocido que siempre causaba problemas y lástima, que provocaba la ira y la decepción de quienes tenían la valentía de quererme. Qué erróneo concepto tenía y cuánto daño me hizo para empezar a sentir que pertenecía a AA.

 

Confundí el anonimato y quería tener dos vidas, una la “normal” con mi familia, mi círculo social, mi trabajo y mis relaciones; otra la del mundo AA sin involucrarlo en nada y con una gran vergüenza. En realidad no tenía una “vida normal” y lo que debía darme vergüenza es todo el daño hecho a mí mismo y a los demás.

 

He aprendido que el Programa de los Doce Pasos me regala una manera de vivir buena y que se renueva cada veinticuatro horas, y con el tiempo he aprendido a querer y tener un gran afecto por mi grupo, por mis compañeros y por el magnífico mundo de la recuperación.

 

Hoy entiendo que para pertenecer a AA o NA o a cualquier grupo de Doce Pasos lo único que necesito es querer dejar de beber, de consumir, de realizar la o las conductas adictivas. De esta manera es que yo me identifico con los otros iguales a mí y los otros enfermos se identifican conmigo, me ahorra el trabajo de tener que ir persiguiendo borrachos por todas partes y evita que me sienta en la necesidad de “profetizar a los cuatro vientos” para transmitir el mensaje y poder platicar con otro alcohólico y/o adicto.

 

He comprendido que soy parte de esta agrupación solamente con el deseo de serlo, que nadie puede excluirme, expulsarme o prohibirme formar parte de la Comunidad; quizá existan casos en que a alguien se le haya invitado a no seguir en un grupo y se le haya sugerido que vaya a otro; mas ni así deja de formar parte de AA o NA.

 

He aprendido tanto de compañeros de muchos años, y otros que llevan el inicio de una recuperación muy buena. Todos, incluso de aquellos que su impotencia ha sido más grande, cómo para decidir no quedarse, me han demostrado que nos necesitamos unos a otros para vivir y trascender espiritualmente.

 

Hay quienes me han hecho un gran servicio por su muchísimas veinticuatro horas de sobriedad y otros que me han dado un servicio mayor porque han seguido sufriendo e incluso han muerto para que yo viva.

 

Yo pido a Dios me mantenga para tener la puerta abierta y dejar entrar a todo aquel alcohólico y/o adicto que se acerque a pedir ayuda.

 

Felices 24 horas trabajando con los demás.

 

Fader.

 

 

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

25 ENERO

UNOS A OTROS — LO QUE NECESITAMOS

… A.A. dice a todo verdadero bebedor, “Tú eres miembro de A.A., si tú lo dices… nadie puede prohibirte la entrada.”

 

DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 135

 

Durante muchos años, cuando reflexionaba sobre la Tercera Tradición (“El único requisito para ser miembro de A.A. es querer dejar de beber”), me parecía ser de valor solamente para los principiantes. Les servía como garantía de que nadie les podría excluir de A.A. Hoy me siento profundamente agradecido por el desarrollo espiritual que esta Tradición me ha traído. No voy buscando a la gente claramente diferente a mí. La Tercera Tradición, que hace resaltar la única forma en que la otra gente y yo nos parecemos, me ha hecho posible conocer y ayudar a todo tipo de alcohólico, quienes igualmente me han ayudado a mí. Carlota, una atea, me enseñó un más alto criterio del honor y de la ética; Carlos, que es de otra raza, me enseñó la paciencia; Patricio, un homosexual, me conducía por su ejemplo a la verdadera compasión; la joven María dice que el verme en las reuniones, con treinta años de sobriedad, le hace seguir volviendo. La Tercera Tradición aseguraba que se satisfaría lo que necesitábamos — los unos a los otros.

 

Del libro Reflexiones Diarias
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