Cuando conocí A.A. pensé que era natural que funcionara porque los Grupos de Autoayuda proporcionaban algo beneficioso, que me da recompensas y que es útil a sus miembros, por lo que entendía que los que lo conforman no necesariamente obtenían un beneficio, mas sí podían obtener algún tipo de satisfacción, y me llamaba poderosamente la atención saber que profesionales éticos remitieran a personas a grupos de autoayuda como A.A. y otros de su clase que tratan problemas que en general son resistentes o no pueden ser resueltos por las intervenciones profesionales (alcoholismo, drogadicción, tabaquismo. Juego compulsivo, etcétera), además de que al sufrir un estigma social se obtenían beneficios de apoyo y refuerzo que los Grupos de Autoayuda proporcionan, ayuda que es muy difícil encontrar en otro lugar.

 

Por otra parte, para mí, la evidencia empírica ha demostrado que los Grupos de Autoayuda son eficaces para lograr sus objetivos donde no se puede ser pasivo, hay autonomía, independencia, donde se requiere acción y trabajo, fundamentalmente se centran entre iguales, por lo que los grupos son capaces de devolver el sentido sobre la propia vida, sintiendo y usando la fortaleza y su poder superior, promoviéndose un sentido de comunidad, una ideología espiritual, proporcionan la oportunidad para la crítica constructiva mutua, la catarsis y la confesión; proporcionan modelos a seguir con los compañeros; el compartimiento de la experiencia enseña estrategias para afrontar los problemas cotidianos y proporciona una red de relaciones sociales entre los compañeros.

 

Sin embargo, si bien esto es lo que sabía de los Grupos de Autoayuda, no acaba de entender con toda exactitud el funcionamiento de mi Grupo A.A. porque pensaba que se trataba únicamente de hablar de los problemas en que la bebida me había metido, los efectos y consecuencias que en mi vida se habían causado por el alcohol, y suponía que solamente se trataría de “comparar” con las historias de los otros y que en fin todo giraría alrededor de los momentos de intoxicación.

 

Poco a poco fui comprendiendo que el consumo era el síntoma externo más evidente y que se mostraba en lo grotesco de mi actuar intoxicado, sin moral, sin conciencia y totalmente obnubilado, por lo que el fondo de ese iceberg de mi enfermedad de la adicción se encontraba en mi incapacidad para el manejo de mis emociones negativas, en mi falta de poder ante ellas y por tanto en mi falta de poder para controlar mi consumo (el cual yo pensaba era el remedio para sobrevivir a mi inestabilidad y a mi inconformidad con la vida).

Entonces empiezo a valorar que mis compañeros, enfermos de adicción, han pasado por el mismo huracán devastador de las emociones negativas, han subido la cresta de las olas de un tsunami de pensamientos erróneos, funestos, ensombrecidos, han sentido el movimiento telúrico de las acciones que hacen sufrir a los demás, los dañan y que terminan por afectar muchas vidas además de la mía. Estas experiencias se comparten y más importante es que me hacen partícipe de la esperanza y fortaleza de su sobriedad al pasarme el mensaje no sólo con su dicho sino con sus hechos de vida.

 

Al darme cuenta de que se comparten mutuas experiencias, fortalezas y esperanzas para que el alcohólico que está sufriendo (aquél que quiere dejar de beber, que intenta controlar sus copas, que quiere dejar de pasarla mal) pueda encontrar una solución y alcanzar el estado de sobriedad, me doy cuenta de la importancia de estar entre iguales y del maravilloso descubrimiento de que trabajar con otro adicto es la mejor solución y eso algo que siempre funciona, incluso cuando lo demás falla.

 

Mi Grupo adquiere trascendencia para la suspensión diaria de mi enfermedad porque además de darme contención me transmite el don de sobriedad (abstinencia y equilibrio emocional) de mis compañeros, de mis terapeutas, de los consultores, de todos quienes están en recuperación y que me permiten al mismo tiempo compartir lo que yo he recibido del Programa, que no es otra cosa que la gracia de Dios de que Él se hace cargo por estas veinticuatro horas de mi enfermedad y que me deja crecer espiritualmente si, igualmente, pongo mi vida y mi voluntad a Su cuidado.

 

Estas ideas las fui conociendo por simple vivencia dentro de mi Grupo y al ir estudiando la literatura encontré que no había descubierto nada nuevo, y por ello transcribo este fragmento de la Quinta Tradición que me iluminó y me llenó de alegría el espíritu:

 

“Los miembros de Alcohólicos Anónimos, que han demostrado que pueden ayudar a los bebedores problema como otros raramente pueden hacerlo, se ven en la misma obligación de trabajar juntos.

La capacidad única de cada miembro de A.A. para identificarse con el principiante y conducirle hacia la recuperación no depende en absoluto de su cultura, su elocuencia ni de cualquier otra pericia particular. Lo único que cuenta es que él es un alcohólico que ha encontrado la clave de la sobriedad.

Estos legados de sufrimiento y de recuperación se pasan fácilmente entre los alcohólicos, de uno a otro.

Esto es nuestro don de Dios, y regalarlo a otros como nosotros es el único objetivo que hoy en día anima a los A.A. en todas partes del mundo.
Hay otro motivo para esta unicidad de propósito.
La gran paradoja de A.A. es que sabemos que raras veces podemos conservar el precioso Don de la sobriedad a menos que lo pasemos a otros.”

 

Para mí sigue siendo sumamente importante que nos reunamos, por lo menos dos enfermos de adicción para buscar el estado de sobriedad, porque sé que en el grupo, en cada junta y en cada reunión, con este propósito hace presencia Dios y puedo ser el testigo del milagro de no consumir y estar en el intento diario de alcanzar, mantener, crecer, disfrutar y transmitir sensatez, templanza, abstinencia, frugalidad, continencia, moderación, mesura, discreción, compostura, cautela, continencia, virtud, modestia, humildad, tolerancia y amor (en una sola palabra, sobriedad).

 

Aquello que se observa paradójico de que un enfermo se sane por trabajar con otro enfermo, que va en contra del sentido común, que es ilógico, que se escucha disparatado demuestra que por eso mi mente no está para comprender a Dios. Es por esto que el Programa de recuperación solamente me pide mi ánimo de buena voluntad, mi honestidad y mi mente abierta para probar, encontrar a mi Poder Superior y dejarlo actuar.

Felices 24 horas transmitiendo el legado de la recuperación.

 

Fader.

 

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

30 DE ABRIL

UNA GRAN PARADOJA

Estos legados de sufrimiento y de recuperación se pasan fácilmente entre los alcohólicos, de uno a otro. Esto es nuestro don de Dios, y regalarlo a otros como nosotros es el único objetivo que hoy en día anima a los A.A. en todas partes del mundo.

 

DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 147

 

La gran paradoja de A.A. es que yo sé que no puedo quedarme con el precioso don de la sobriedad a menos que lo pase a otro.

Mi propósito primordial es mantenerme sobrio. En A.A. no tengo ninguna otra meta y la importancia de esto es cuestión de vida o muerte para mí. Si me desvío de este propósito, pierdo. Pero A.A. no es solamente para mí; es para el alcohólico que aún sufre. Multitud de alcohólicos en recuperación permanecen sobrios compartiendo con compañeros alcohólicos. La vía hacia mi recuperación está en enseñar a otros en A.A. que cuando yo comparto con ellos, todos crecemos en la gracia de un Poder Superior, y estamos en el camino del destino feliz.

 

Del libro Reflexiones Diarias
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