En el final del primer párrafo de la glosa del Duodécimo Paso puedo leer las siguientes líneas: “Cuando se aprecian todas las implicaciones del Paso Doce, se ve que, en realidad nos habla de la clase de amor al que no se pude poner precio.” El auténtico amor a mis semejantes que no era capaz de sentir en la actividad, tal y como lo dice el Séptimo Paso, es algo que tiene su cambio absoluto al momento de transmitir el mensaje, de trabajar con otros enfermos de adicción y al tener la disposición de que otros alcohólicos y/o adictos que están sufriendo alcancen el estado de sobriedad.

 

Cuando estaba en actividad, por mi profesión, escuchaba muchos problemas ajenos y cuando estos se referían a lo relacionado con mi oficio los recibía con el interés nato de ver un negocio, alguna vez me ocupaba del bienestar de mis clientes pero más por mi propio prestigio y por buscar fama que porque hubiera una conciencia real de un servicio que fuera más allá de la relación comercial. Esto propiciaba que escuchara otro tipo de asuntos y consultas que normalmente me causaban lástima, entendida como una cosa que me causaba disgusto y me movía a lamentarme, y que yo disfrazaba de “compasión” sin que realmente tuviera un sentimiento de tristeza y ternura producido por el padecimiento de otro .

 

Ahora, en recuperación, he escuchado relatos muy amargos de esposas, de madres, de hijos y de hermanos respecto a la adicción de un esposo, un hijo, un padre y un hermano, y hoy puedo realmente compadecer, o sea tener un sentimiento de tristeza al ver padecer a alguien y desear aliviar su sufrimiento o su dolor, y así mismo tener el impulso de querer llevar el mensaje para aliviar el sufrimiento del alcohólico o del adicto porque yo he pasado por ahí y sé lo terrible que se siente la culpa, la desesperación, la frustración y la decepción por uno mismo que enmascaraba minimizando mis consecuencias, racionalizando mis actos, justificando mi consumo, explotando de ira para defender mi sustancia, negando mi problema y ufanándome de que “yo doy todo” para argumentar que soy funcional, que no tienen de que quejarse, en fin pretender por todos los medios no aceptar que el alcohol o la droga, en su caso, me ha vencido.

 

Así mismo, busco hacerles entender a los familiares que la adicción es una enfermedad, que no es algo que se haya escogido y que el enfermo de adicción no se la pasa bien, al contrario de lo que es una creencia común. Que hay un gran sufrimiento y una lucha por querer controlar el consumo y una gran frustración porque siempre se acaba perdiendo, porque generalmente consumo en el momento más inoportuno, porque  vuelvo a cometer errores graves y porque cada vez las consecuencias y las pérdidas son mayores. Intento que haya una cmprensión y les sugiero que lean el Libro Grande, para lo cual acostumbro a regalarlo.

 

Al estar en este tipo de Paso Doce me preparo, hago oración y pido guía a mi Dios para ir a visitar a mi hermano de sufrimiento y decirle que yo también he pasado por lo mismo, que he sentido la impotencia de no poder parar, que he deseado intensamente poder consumir sin consecuencias, que he luchado para que no se me note que he tomado y que traigo alterado mi estado mental y de ánimo, en fin levantar mi fondo, exponerle circunstancias muy duras y vergonzosa. de mi vida, de tal manera que pueda tener un puente de comprensión y se dé cuenta que no es el único, que por bajo que se haya caído no es el fin de la existencia y que sí hay una solución. Busco enfatizar que mi enfermedad es falta de poder y que para contrarrestarlo tengo que fortalecer mi espiritualidad y lograr tener un Poder Superior que en principio es mi grupo, pues considero importante señalar que el Programa de recuperación es eminentemente espiritual y explico que ningún recurso, talento, procedimiento, medicina, tratamiento, terapia, manera o modo material me ayudó a dejar de consumir, por eso acepté de buena voluntad tener la mente abierta para experimentar los Doce Pasos como una forma de parar de beber, de dejar de sufrir y tener un cambio de vida para bien.

 

La gran paradoja de todo esto es que al tener un amor auténtico por mis semejantes, sustentado en una genuina autoestima, y hablar con otro alcohólico y/o adicto el primer beneficio es que abono para no consumir y alimentar mi sobriedad, puesto que si el resultado de transmitir el mensaje es que el otro entre o se quede en recuperación o no es algo secundario, no por el hecho de que no me importe sino porque mi propia experiencia me ha enseñado que puede no ser su tiempo, puede no querer o su impotencia es tan grande que sea un ser desventurado de los que se habla en el célebre párrafo del Capitulo Quinto del Libro Grande.

 

Hoy doy gracias de que este amor sin precio por los demás y fundamentalmente por Dios me permita mantenerme sobrio y llevar los beneficios de mi cambio de personalidad a quienes me rodean, sólo por hoy y por la gracia de Dios.

 

Felices 24 horas con amor genuino por los demás.

 

Fader.

 

 

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

9 DE DICIEMBRE

AMOR SIN PRECIO

 

Cuando se comprende el Paso Doce en su total implicación, realmente habla de la clase de amor al cual no se pude poner precio. 

 

DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 113 

 

Para empezar a practicar el Paso Doce, yo tenía que trabajar en mi sinceridad, en mi honestidad y aprender a actuar con humildad. Llevar el mensaje es un don de mí mismo, no importa cuántos años de sobriedad pueda haber acumulado. Mis sueños pueden hacerse realidad. Refuerzo mi sobriedad compartiendo lo que he recibido libremente. Al reflexionar sobre la época en que empezó mi recuperación, ya había una semilla de esperanza de que podría ayudar a otro borracho a liberarse de su fango alcohólico. Mi deseo de ayudar a otro borracho es la clave de mi salud espiritual. Pero nunca olvido que Dios actúa a través mío. Soy solamente su instrumento. Aun si la otra persona no está lista, es un éxito, porque mi esfuerzo a su favor me ha ayudado a mantenerme sobrio y fortalecerme. La clave está en actuar, en nunca cansarme de trabajar mi Paso Doce. Si hoy puedo reír, no me dejes olvidar aquellos días en que lloraba. Dios me recuerda que puedo sentir compasión.

Del libro Reflexiones Diarias
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