13 de Octubre.

 

En el Libro Grande, Capítulo VI, “En Acción”, al compartirme la experiencia por la que han atravesado mis compañeros de la enfermedad de la adicción, me expone con toda nitidez que: “Necesitaremos cuidarnos del egoísmo, de la deshonestidad, del resentimiento y del miedo. Cuando estos sentimientos nacen en nuestro corazón, pedimos de inmediato a Dios alejarlos de nosotros. Hablamos de estos sentimientos con alguien y reparamos de inmediato nuestros errores, si hemos hecho mal a otros. Después, con toda nuestra resolución, dirigimos nuestros pensamientos a alguien a quien podamos ayudar. El amor y la tolerancia hacia los demás serán nuestro código ético.”

 

Continuar vigilando es una necesidad imperiosa de cuidarme y estar atento para autoanalizarme de manera que pueda descubrir cuándo y cómo surge el padre de todos mis defectos de carácter: el egoísmo que me empuja a querer “tener la razón” y para ello es fácil que me conduzca al camino de la deshonestidad, así mismo me provoque la frustración de que alguien “no me conceda la razón” y entonces surja la ira y si no la contengo se forme un resentimiento, a la vez de que por mi inseguridad se finque el temor y entonces mis acciones se vuelvan agresivas para querer esconder mi miedo.

 

“La práctica hace al maestro” es un dicho que recuerdo de cuando tomaba mis clases de piano y que hoy me aplico precisamente para poner en práctica en lo cotidiano los principios espirituales que me sugiere el Programa de recuperación, y es que con este refrán entiendo que con la constancia de vivir, de realizar, de ejercer y de actuar en los diferentes escenarios y momentos de mi vida la generosidad, la sinceridad, el perdón, la comprensión y el valor puedo ir adquiriendo la experiencia que me ayudará a responder a las situaciones de mi vida de una mejor manera y de forma más rápida. He aquí, para mí, la trascendencia del inventario constante pues me ayuda a pronosticar cosas antes de que sucedan y quizá evitar reacciones indebidas, palabras hirientes y conductas desastrosas; o por lo menos reconocer la falla cometida y ponerle remedio, así como buscar modificar mis conductas, mis pensamientos y mis sentimientos.

 

Me parecía que el Décimo Paso, en el Libro Azul y en su glosa, me exigía demasiado al señalar que debo reparar de inmediato mis errores o al menos prontamente resarcir a quien he ofendido, pues pensaba que me pedía que fuera adquiriendo una habilidad sumamente compleja y que me llevaba a “los extremos de la santidad”. Sin embargo recordé que cuando aprendí a tocar el piano tenía serios problemas para usar los dedos meñiques de las dos manos así como dificultad para coordinar el uso de las dos manos, y que mi maestra tenía un control total de todos los dedos de las manos y con base de ejercitar y poner en práctica diariamente todas las sugerencias que me hacía mi maestra acabé logrando tener un manejo de mis manos que muy pequeño me permitió dar conciertos. De la misma manera si me entreno, me adiestro y me disciplino a elaborar con minuciosidad y asiduidad mi inventario podré ir divisando, delatando, aceptando, asintiendo, reprendiendo, subsanando y enderezando mis juicios y actitudes para poder tener mejores pensamientos, sentimientos y conductas con los demás y conmigo mismo, aprenderé de mis propios errores y podré potencializar mis propias fortalezas.

 

La Oración de San Francisco me dice: “para encontrarse hay que olvidarse de uno mismo”, y en mi caso lo considero un axioma místico que me indica con claridad que el mejor camino para conciliar con mis semejantes, para acertar en mi status espiritual y para ser atinado y concurrente en vivir una genuina recuperación requiero de voltear a ver al otro, a extenderle una mano de ayuda, a dejar a un lado mis propias aflicciones, a tener claro que hay quienes la pasan peor y darme cuenta que muchas otras personas viven infamias, humillaciones, ofensas, lesiones y no por eso se dedican a fastidiar a los demás sino que por el contrario son capaces de seguir dando hasta que les duele.

 

Gandhi decía: “el fuego no se apaga con fuego, se apaga con agua”, por eso “si quieres una India libre, ¡No violencia!”, lo que me lleva a darme cuenta que las personas sensatas observan que el camino para lograr la liberación interior, dejar de ser preso de mis pensamientos torcidos, de mis emociones desviadas y de mis conductas nocivas que me causan ansiedad, angustia y desesperación, requiere tener un profundo cambio de personalidad que modifique mis ideas, mis emociones y se traduzcan en actos de generosidad, humildad, bondad, misericordia, tolerancia y amor.

 

El Programa de recuperación me ha regalado la claridad de saber que yo no puedo solo, por tanto cuando voy descubriéndome es un gran alivio y guía compartir con mi padrino, con otro compañero y hacer catarsis en mi grupo, pues de esta manera es que puedo recibir la retroalimentación de la experiencia, fortaleza y esperanza de quienes son mis pares en la enfermedad de la adicción, ya que ellos son un conducto de mi Dios, para que yo conozca Su Voluntad y esté dispuesto a cumplirla.

 

En el momento que voy compartiendo mis fallas y que me voy delatando, sucede que voy adquiriendo una mayor conciencia de mis errores, de mis defectos de carácter y tengo la oportunidad de recibir la guía y la luz de Dios para poder vivir, por estas veinticuatro horas, con el código ético de la recuperación: tolerancia y amor, además de que entonces se actualiza que hablar, que ocuparme y procurar a otro alcohólico y/o adicto siempre funciona, aún cuando lo demás falla.

 

Felices 24 horas haciendo mi inventario asiduo.

 

Fader.

 

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

13 DE OCTUBRE

INVENTARIOS ASIDUOS

 

Continuamos vigilando el egoísmo, la deshonestidad, el resentimiento y el miedo. Cuando éstos surgen, enseguida le pedimos a Dios que nos libre de ellos. Los discutimos inmediatamente con alguien y hacemos prontamente las debidas reparaciones a quien hayamos ofendido. Entonces resueltamente encaminamos nuestros pensamientos hacia alguien a quien podamos ayudar. 

 

ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS, p. 79 

 

La admisión inmediata de pensamientos o acciones equivocadas es una tarea muy difícil para la mayoría de los seres humanos, pero para alcohólicos en recuperación como yo, es difícil por mi propensión al egoísmo, al temor y al orgullo. La libertad que el programa de A.A. me ofrece es más amplia cuando, por medio de inventarios asiduos de mí mismo, admito, reconozco y acepto la responsabilidad por mis errores. Entonces me es posible lograr una comprensión más profunda y más amplia de lo que es la humildad. Estar dispuesto a admitir que la culpa es mía facilita el progreso de mi desarrollo y me ayuda a ser más comprensivo y útil a los demás.

 

Del libro Reflexiones Diarias
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