En la glosa del Duodécimo Paso recibo una gran inspiración para transmitir el mensaje desde el inicio mismo de mi recuperación, incluso me deja tener presente que los primeros miembros de A.A. se lanzaron a buscar a otros borrachos para anunciarles que existía una solución, y no requerían de tener muchas veinticuatro horas, sino realmente de tener fe y una gran esperanza en la vida que deseaban compartir. Es por esto que puedo leer con toda claridad: “Incluso el miembro más recién llegado, cuando se esfuerza por ayudar a su hermano alcohólico que anda aun más ciego que él, encuentra recompensas inimaginables. Esta es, de verdad, la dádiva que no exige nada a cambio. Él no espera que su compañero de fatigas le pague, ni siquiera que lo ame. Luego, se da cuenta de que, por medio de esta paradoja divina, al dar así, sin esperar nada, ha encontrado su propia recompensa, ya sea que su hermano haya recibido algo o no. Aunque tenga todavía algunos defectos de carácter muy graves, de una y otra manera, sabe que Dios le ha capacitado para dar un gran comienzo, y le llena la sensación de haber llegado al umbral de nuevos misterios, alegría y experiencias con los que nunca jamás había soñado.”

 

El auténtico amor a los semejantes se muestra en estas líneas, que mi propia experiencia me ha permitid vivir, ya que recuerdo las veces que apenas logrando unos días abstemio tuve la oportunidad de compartir mi experiencia, mi esperanza y mi incipiente fortaleza a otro enfermo de adicción, que como yo, estaba intentado o reintentando sus esfuerzos para derrotarse y admitir al cien por ciento la impotencia ante la sustancia y la ingobernabilidad ante la vida.

 

He experimentado el gusto de comprobar que mis compañeros alcancen y se mantengan en sobriedad, he sentido la tristeza de ver que algunos recaen, he visto regresar a otros y muchas veces he constatado que no regresan o he tenido la decepción de que algunos ni siquiera hagan el intento, mas entiendo que el resultado no depende de mí y que yo soy únicamente un conducto para que Dios realice Su trabajo y que la decisión de aceptar y utilizar la dádiva del Programa de recuperación entra en la parte del libre albedrío que exige la buena voluntad y la mente abierta para hacer un intento de vivir de manera diferente sin consumir, y que si mi fuerza de voluntad la pongo en el mismo sentido de la intención de Dios, entonces Él eliminará mi obsesión por consumir y se hará cargo de mi enfermedad de la adicción.

 

La paradoja de esta entrega incondicional a los demás es que el primer beneficiado soy yo mismo, puesto que al hacer a un lado mi egoísmo y actuar con generosidad alimento de manera trascendente a mi sobriedad porque dejo de anhelar mis propios intereses; aporto para hacer a un lado mi egocentrismo y dejar de ver sólo mi mundo y mis problemas para adentrarme en el altruismo de buscar el bien de los demás. También al hablar del Programa de recuperación, de sus principios espirituales y de la Comunidad ayudo a ir aniquilando mi egotismo (hablar de mí mismo); y al transmitir la necesidad que tuve de encontrar y amar a un Poder Superior hago de lado mi egolatría.

 

Cuando tengo que hacer el trabajo del Paso Doce, le pido a Dios que ilumine mi inteligencia emocional para hacer empatía con el sufrimiento del otro, que me otorgue el sano juicio para explicarme y sobre todo que le conceda el don de Su gracia al candidato para que tome la resolución de ingresar a la Comunidad de hombres y mujeres que compartimos nuestra mutua experiencia, fortaleza y esperanza para estar abstemios, limpios y en equilibrio emocional.

 

Hoy comprendo que es muy cierto ese lema del argot de la recuperación: “La recuperación es para quien la quiere, no para el que la necesita”, pues si fuera diferente habría más grupos y los mismos estarían llenos. Por tanto, hoy agradezco a Dios ser uno más de los bendecidos por estar en recuperación.

 

Felices 24 horas con las recompensas de dar.

 

Fader.

 

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

20 DE DICIEMBRE

LAS RECOMPENSAS DE DAR

 

Esta es en verdad la clase de dádiva que no exige nada. No espera que su hermano que sufre le pague, o siquiera que lo ame. Y entonces descubre que por la divina paradoja de esta dádiva ha encontrado su propia recompensa, ya sea que su hermano haya o no recibido algo todavía. 

 

DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 116 

 

Por medio de la experiencia en el trabajo de Paso Doce, llegué a entender las recompensas de dar sin exigir nada a cambio. Al principio yo esperaba la recuperación de otras, pero muy pronto me di cuenta de que esto no sucedía. Una vez que adquirí la humildad para aceptar el hecho de que no todas las visitas de Paso Doce iban a ser un éxito, entonces estaba abierto a recibir las recompensas de dar generosamente.

 

Del libro Reflexiones Diarias
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