15 de Octubre.

 

En la glosa del Sexto Paso me sitúan frente al espejo de mi actitud, permanente en la actividad, en la cuál creo que tengo la razón; me siento capaz de descalificar; me considero privilegiado para juzgar; y me arrogo facultades para condenar, persistentemente mirando hacia fuera, invariablemente hablando de los demás, constantemente buscando el error de los demás, pues es la mejor forma de no hablar de mí, de no ver hacia mi interior y no autoexaminarme. Por otra parte esta es una forma de ser tan arraigada que requiere mucho de mi atención para solicitarle a mi Dios que me elimine los defectos de carácter del chismorreo, la murmuración, la crítica, la calumnia, la insidia, la envidia y la hipocresía, ya que mis juicios de valor generalmente eran destructivos y negativos; en ocasiones lo siguen siendo y por eso debo revisarme constantemente para no caer en los mismos errores. Por si me pareciera que no es para tanto leo el siguiente párrafo del Paso Seis: “Podemos hasta gozar con un estado colérico que creemos justificado. De una manera perversa puede causarnos satisfacción el hecho de que muchas gentes nos resulten molestas porque esto nos da un sentido de superioridad. Una forma amable de asesinar personalidades, es la murmuración espoleada por la ira, también tiene sus satisfacciones. En este caso no estamos tratando de ayudar a los que criticamos; estamos tratando de pregonar nuestra hipocresía.”

 

Encuentro de manera muy diáfana cómo me mueve mi enfermedad emocional pues cuando ejerzo mi hipocresía provoca el fingimiento de sentimientos, ideas y cualidades, generalmente positivos, contrarios a los que yo experimento, pues en realidad tengo pensamientos y sentimientos de aborrecimiento, duplicidad y falta de sinceridad que contradicen lo que manifiesto con mi dicho, mi pensar y mi actuar.

 

Mi fariseísmo, muestra inequívoca del témpano de mi enfermedad de la adicción, me llevaba a actuar con farsa para pretender mostrar conocimientos, certidumbres, convicciones, atributos, virtudes y opiniones que no tenía o que no seguía, y aún sabiéndolo me promovía como un buen ejemplo, además tenía la osadía de pedir que los demás procedieran, operaran y actuaran de esa misma manera o de determinado modo.

 

Mi hipocresía se unía a mi grandiosidad para que se enalteciera mi proceder, aunque mis objetivos, fines y resultados estuvieran alejados de la realidad, y utilizaba esta falta de sinceridad, esta mentira para esconder mis intenciones y mi verdadera personalidad.

 

Uno de los presupuestos necesarios para poder vivir el Programa de recuperación es la honestidad, la congruencia, la honradez y la sinceridad para que mis pensamientos y conductas sean correctos, sumándole la buena voluntad, entonces he tenido que irme dando cuenta que no es posible que mis acciones tiendan a la hipocresía y a la mentira por lo que debo aprender a que mis palabras no sean un medio para terminar con la reputación de nadie; que mis opiniones no sean una forma de ofender a nadie; que mis afirmaciones no sean el efecto de mi enojo ni de mi envidia; que mi criterio no sea una manera de ridiculizar a nadie; que mis conceptos sean mentiras para condenar a nadie; que mis percepciones no sean imposiciones para generar enemigos a nadie; en fin que de ninguna manera me preste al rumor y al chisme insidioso, así como no permitirme unirlo a mi furia porque mi rabia elimina todo aspecto de serenidad, de buena voluntad, de empatía, de comprensión y solamente busca saciar el enojo y perjudicar a otro.

 

Hablar mal de otro, criticarlo, juzgarlo y “hacerle recomendaciones” es una forma muy sutil y a veces hasta amable de destruir a otra persona, porque es muy fácil que en mi necesidad de reconocimiento, de mostrar superioridad y de fingir interés por los demás cause verdaderos estragos en la vida de otros individuos e incluso que yo tenga ganancias secundarias. No en balde Lucrecia Borgia decía: “¡Difama, que algo queda!” como una muestra inequívoca de destruir y afectar a los enemigos y aún a los “amigos”.

 

Cuando hablo mal de alguien, la tendencia humana a la crítica, a la desconfianza, a ser dos caras y a la envidia puede provocar que todas mis falsedades se vuelvan “verdad” de tanto repetirlas y dañen gravemente, pues pongo en duda el prestigio y la reputación de los demás y lamentablemente algo se queda, aún y cuando sea totalmente falso, fantasioso e imaginario.

 

He escuchado en los grupos que es muy fácil “hacerle el Cuarto Paso” a alguien y no he oído que la misma facilidad se dé para hacer el propio inventario, ya que cuando critico me comporto de esta manera pues sigo mirando hacia fuera, investigando a otros, escudriñando sus errores y de ninguna manera pongo atención en mi autoexamen, lo cual resulta en que no sólo no avanzo en mi autoconocimiento sino que me autoengaño para no detectar, admitir y corregir mis propios errores y no estar pendiente de mis defectos de carácter.

 

En lo cotidiano que difícil es accionar correctamente y aplicar la humildad de que si no tengo nada bueno que decir de alguien es mejor no decir nada, aplicar la prudencia de revisar si lo que voy a decir, me consta; si lo que voy a expresar beneficia a alguien; y si lo que voy a manifestar es indispensable que lo diga en ese momento. Ver, oír y callar para no juzgar, no criticar, no chismorrear, en fin aplicarlo como sinónimo de sensatez. Aprender que para mi crecimiento espiritual hablar bien de alguien es una muestra favorable de mi recuperación y por el contrario proclama mi hipocresía.

 

En la medida que hago mi inventario diario, que analizo mi día y que aprendo a respetar de manera genuina a los demás es que voy aplicando los Doce Pasos como una forma de vida y no únicamente como una manera teórica de vivir.

 

Felices 24 horas de hacer mi inventario y no el de los demás.

 

Fader.

 

 

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

15 DE OCTUBRE

MI INVENTARIO, NO EL TUYO

 

El chismorreo mordaz mezclado con nuestra ira, una forma cortés de asesinar por medio de la destrucción del carácter, tiene también para nosotros sus satisfacciones. En este punto no estamos tratando de ayudar a los que criticamos, sino proclamando inconscientemente nuestra hipocresía. 

 

DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 71 

 

Algunas veces no me doy cuenta de que he chismorreado de alguien hasta que llega el fin del día y hago un inventario de mis actividades, y entonces, mis chismorreos aparecen como una mancha en mi lindo día. ¿Cómo podría haber dicho tal cosa? El chismorreo presenta su fea cara durante un descanso para café o una comida con mis asociados de negocios, o puedo chismorrear por la noche cuando me encuentro cansado y me siento justificado para reforzar mi ego a expensas de alguien. Defectos de carácter como el chismorreo se insinúan en mi vida cuando no estoy haciendo un esfuerzo constante para trabajar los Doce Pasos. Tengo que recordarme que mi singularidad es la bendición de mi ser, y esto se aplica igualmente a todos aquellos que se cruzan en mi camino. Hoy, el único inventario que tengo que hacer es el mío. Dejaré el juzgar a otros en manos del Juez Final – la Divina Providencia.

 

Del libro Reflexiones Diarias
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