12 de Octubre.

Hay momentos que se pone a prueba mi paciencia, pues muy a menudo tengo que esperar a que mi esposa decida que salgamos; a que llegue a comer; a que me diga donde quiere ir; a conocer sus planes; o con los hijos esperar a saber sus actividades; esperar a que salgan cuando voy por ellos; esperar que se coordinen en sus actividades. También cuando espero que las cosas sucedan en el tiempo y momento en que lo planifico; esperar que comprendan mis necesidades; esperar que entiendan mis gustos; esperar que se pongan en mi lugar; y en el trabajo esperar que aprecien lo que hago; esperar que respondan conforme yo creo; y así una serie de cosas que, en principio, ponen a prueba mi paciencia y cuando rebasa mi simple paciencia entra la necesidad de ser tolerante para comprender cómo y porque el otro actúa de determinada manera.

 

Comprender al otro es una tarea cotidiana que en ocasiones se presenta menos veces al día y que otros momentos se presenta en muchas situaciones en un día. Entonces, busco poner en paz la agitación que esto me hace sentir, intento mantener la calma, y de pronto observo que es necesario hacer oración, pedir serenidad y solicitar que Dios se lleve mi impaciencia y mi egoísmo para no pensar solamente en mí, por justificable que parezca el hecho de tener la razón, ya que en mi vida he comprobado muchas ocasiones que es mejor ser feliz y fluir, que aferrarme a tener la razón.

 

De la misma manera cuando escucho argumentos o vivo situaciones que no van de acuerdo con mi propio pensar o cuando es común que sometan a mi consideración las diferencias entre miembros de mi familia me cuesta trabajo ser imparcial y escuchar con atención, me cuesta trabajo no emitir juicios de valor y no dejarme guiar por simpatías o antipatías que tenga con alguien momentáneamente o que no influya mi humor o que no me vea influenciado por alguien.

 

La imparcialidad debe provenir de mi sinceridad para actuar de manera honesta y mi tolerancia de la humildad de saber respetar a los demás por contrario que sea a mi forma de ser y de pensar lo que hacen los demás.

 

Cuando me encuentro en momentos así, me hace bien recordar que hay cosas que no puedo cambiar y por tanto debo partir de dicho reconocimiento para aceptar y no frustrarme ni desesperarme, así mismo me hace bien repetirme «Dios permíteme no ser comprendido sino comprender» porque mientras no me olvido de mí mismo, mientras no combato a mi egoísmo, es fácil que surja mi soberbia de querer tener la razón, de sentirme con derecho de juzgar y condenar a los demás, así como el derecho a exigir que se respeten mis tiempos, mis momentos, mis deseos, mis pensamientos, en fin que todo sea tal y como lo veo yo.

 

El crecimiento espiritual me exige la imperiosa necesidad de combatir mi ego insano y comenzar a ser generoso al poner en práctica la tolerancia y la imparcialidad. Mi núcleo familiar es un excelente ambiente para ir aprendiendo a serlo y mi grupo, con su diversidad de compañeros, me va adiestrando en esta práctica. Hay ocasiones en que siento ansiedad porque tengo hambre, porque tengo sed, porque tengo sueño y eso altera mi tolerancia y la imparcialidad para ver las situaciones, y gracias a que en mi nuevo estado de conciencia voy aprendiendo a sentir, es que puedo identificar el origen de mi malestar, determinar la emoción que me causa, tranquilizarme y ponerle remedio pues muchas veces en la actividad al no poder diferenciar me era más fácil exagerar mi molestia, dejar salir el enojo y utilizarlo como la excusa para consumir o simplemente para poner discordia, injuria e impedir cualquier llamado a la calma. Por eso el Décimo Paso muestra con toda la claridad de la experiencia vivida que: Cuando hablamos o actuamos a la ligera o imprudentemente, la capacidad para ser justos desaparece en el acto. Una salida hiriente o un juicio emitido  obstinadamente  puede empañar todo un día y hasta un año nuestras relaciones con otra persona. No hay nada como la moderación en la palabra y en lo escrito.” 

 

Ser imparcial, tolerante y justo cuando me dejo llevar por mis reacciones emocionales negativas, cuando no me doy un momento para reflexionar, cuando lo que intento es imponer mi criterio, cuando solamente busco sentirme bien yo mismo, en fin cuando lo que deseo es demostrar superioridad, mantener mi comodidad e incluso considerar que tengo el derecho de juzgar a otros, tengo que reconocer que estoy actuando de la misma manera que en la actividad y con la mismas características de mi vida ingobernable.

 

Tener moderación, buscar la autodisciplina y aprender a escuchar, así como a guardar silencio de manera adecuada, en el momento correcto es un trabajo que requiere de una constante revisión interior y autoanálisis, por lo que la utilidad del inventario diario adquiere una dimensión enorme y descomunal en el intento de ser sensatos y adquirir prudencia en todo mis actos. Para ello, tengo que aprender a hacer empatía con los demás, a comprender que hay momentos en que es más importante el acompañamiento que las palabras, a practicar la escucha de los pensamientos y sentimientos de los demás, a congeniar con mis semejantes para no criticar ni juzgar, en fin a poner en práctica el código de la recuperación que se sustenta en la tolerancia y el amor, de manera que realmente me encuentre en sobriedad.

 

Felices 24 horas refrenando la precipitación.

 

Fader.

 

Reflexiones Diarias

Escritas por los A.A. para los A.A.

12 DE OCTUBRE

REFRENAR LA PRECIPITACIÓN

 

Cuando hablamos o actuamos impulsivamente o a la ligera, la capacidad para ser imparciales y tolerantes y se evapora en el acto. 

 

DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 98 

 

Ser imparcial y tolerante es una meta hacia la que tengo que trabajar diariamente. Le pido a Dios, como yo lo concibo a El, que me ayude a ser cariñoso y tolerante con mis seres queridos y con aquellos con quienes estoy en estrecho contacto. Pido orientación para refrenar mi lenguaje cuando estoy agitado, y hago una pausa para reflexionar sobre los trastornos emocionales que mis palabras puedan causar, no solamente a otros sino también a mí. La oración, la meditación y los inventarios son la clave del pensamiento sano y de la acción positiva para mí.

 

Del libro Reflexiones Diarias
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